Es el pueblo de Podlazice. Es Bohemia Oriental. Estamos en la zona que hace límites con Moravia. El territorio se encuentra en una alta meseta. Se desciende por un ondulante camino hacia la depresión del Elba donde los hombres y las mujeres miran el reflejo de la luna.
El convento es un edificio de dos plantas. El portón principal, una enorme plancha de madera de roble, oscura y labrada con figuras arcangélicas y exuberantes filigranas. La aldaba es de un bronce verdoso que cuelga sobre el rostro de una medusa.
Desde el pórtico principal se accede a un amplio recinto rodeado por ventanas. El piso es de duro pedernal pulido instalado en planchas de dimensión similar. Al fondo, una escalera asciende a los aposentos de los monjes, a un lado, otra baja hacia el sótano y los claustros de reclusión muda y voluntaria.
El silencio amordaza la penumbra recortada por la luz de las velas. Algo de desolación y de expectación se percibe. En los ángulos de las paredes las arañas confeccionan ciudades de seda.
En uno de los recintos un monje estaba de rodillas ante el abad. Los demás clérigos rodeaban al prior con gesto sombrío. Se escuchaba la voz del decano, palabras duras como mortal, pecado, dolor eterno, sufrimiento inenarrable, corazón oprimido. Después de un breve lapso irrumpieron con el ímpetu del vendaval, los términos sexo y muerte.
El acusado, cabizbajo, escuchó la sentencia. Las lágrimas brotaron por las comisuras de sus ojos. Las aletas de la nariz se ensanchaban, sobre el pabellón superior de sus orejas un hilo de oscuridad. Entrecruzó las manos y de bruces, imploró piedad.
Con el gesto helado, el superior negó la misericordia, evocó los postulados de la orden que acogió en el más puro mutismo el veredicto, ser enterrado vivo detrás de uno de los muros.
El fraile se deshizo en llanto, se lanzó de rodillas a los pies de sus jueces y solicitó una última oportunidad para encontrar el luminoso sendero de Dios.
“Escribiré el más magnífico libro que alabe la majestuosidad de Nuestro Señor en una sola noche”. Las palabras surgieron como aceitadas, aletearon frente a un crucifijo, rozaron las frías y mohosas paredes. Al llegar a los oídos del abad mordieron el tímpano con fuerza hasta hacer retumbar el oscuro interior del cráneo.
Se aceptó su proposición por considerarla imposible, por tener la certeza de que su voluntad estaba cercenada por la locura, ante la proximidad de la muerte. El pensamiento del condenado, vapuleado por la angustia, sería traicionado. Su entendimiento oscurecido por el miedo se derretiría como la cera y no tardaría mucho en resignarse a su destino.
Conducido por los hermanos, el monje dejaba suelta la rienda de su imaginación. Era una especie de duende electrizado. Por doquier saltaban imágenes de campos floridos, de rizos de espuma; eclosionaban soles tras la línea de nebulosos horizontes, chisporroteaba el fuego del hogar, la escarcha de la nieve se prendía de los melocotones maduros, el agua de la lluvia salpicaba sus pies desnudos.
Fue encerrado en uno de los calabozos. Escuchó la pesada puerta al cerrarse. Los goznes rechinaron. Pusieron en sus manos una pluma de ganso y un tintero. Folios hechos con piel de corderos y vacas le fueron proporcionadas. Sobre la blanquecina y pulida superficie hizo cálculos para establecer las dimensiones de cada página y el tamaño de los caracteres.
Frenético, comenzó a copiar la Biblia con rapidez de vértigo. Incorporó los salmos, los proverbios, los Evangelios. Su mente comenzaba a delirar cuando llegó a la Cruz. De pronto escribía en checo y luego en latín, algo de griego fluía a través de la tinta para trastabillar con vocablos en arameo. Lo hizo sin detenerse, con fuerza, con disposición, pero su cuerpo ya no pudo con el esfuerzo y estuvo a punto de desvanecerse. Entonces, conforme a su disposición de espíritu y a su angustia, invocó la ayuda del Diablo.
Escribía una línea incoherente, la pluma resbalaba sobre la carilla de forma inconsciente y frases latinas eran intercaladas por verbos y sustantivos coptos o babilonios. En eso, desde el fondo de la habitación escuchó el sonido de cascos de caballo. Intentó mirar en esa dirección pero sus ojos estaban clavados en el folio y le era imposible despegarlos.
Fue entonces cuando sintió sobre su hombro una pesada mano. Miró de reojo y vio unas larguísimas uñas que remataban una huesuda mano entre verde y escarlata. El Diablo miró la página y la llenó de oraciones. El monje pasó a la siguiente y la contemplación del endriago la inundó con letras.
“Lee, el libro ha sido escrito. Si no quieres la muerte horrible tras los muros, deberás hacer dos cosas. La primera, reconocer que tu alma me pertenece; la segunda es dibujar mi imagen en este libro para que por toda la eternidad los ojos humanos sientan terror”.
El hombre no dijo nada. El Diablo cerró el libro con su mano huesuda. Era un desmesurado texto de noventa centímetros de alto. Más de seiscientas páginas fueron escritas por su hechizo. Voces de todo tipo, frases largas como serpientes amazónicas, verbos extratemporales y una gramática ígnea se cocinaban en los pliegos colosales.
Al día siguiente, los monjes bajaron a cerciorarse de la situación del hermano. Imaginaron verlo abatido sobre el frío piso, con algunas páginas garrapateadas, derrumbado, sin fuerzas, resignado ya a su destino de pecador.
Caído sí estaba, con los ojos y la boca abiertos. Sobre la mesa estaba el libro totalmente terminado. El tipo de letra era gótico, las iniciales de cada párrafo habían sido dotadas de color y en los márgenes resaltaban símbolos extraños. En la página 260 del texto había sido dibujada una aterradora figura, la del demonio.
Este libro de 75 kilogramos existe y se encuentra en Suecia. Fue robado del monasterio checo durante la Guerra de los Treinta Años.
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